miércoles, 5 de diciembre de 2012

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Un botellón, con tacones de doce centimetros y medio. Un vestido rosita sin medias en septiembre. Un wonderbra demasiado apretado y un miraculoso maquillaje de tu mismo tono de piel, cara de porcelana, labios brillantes y ojos de niña buena. Una sonrisa inocente, un bolso elegante, un collar largo y unos pendientes pequeños.
Cabello recogido en algo poco informal y despeinado, mechones ondulados por todos lados uñas largas, piernas perfectas.
Todo un poco menos equilibrado, no sabes donde ir, con quien, ni donde estas, pero no importa lo más mínimo, saludas a un par de personas con dos besos y piensas en no beber demasiado.
Te prometes no parecer una puta, te comparas con tres o cuatro, empiezas a sentirte bien, el humo es soportable.
Luego un chico al fondo, cinco coma dos miradas, unas pocas palabras, risas, luces, locura.
Y luego el chico que se acerca y suelta un:
- Pequeñaja ven.
Y el botellón se convierte en algo mucho más productivo.
- De pequeña nada guaperas.


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